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Marxismo en la Historiografía: Exponentes Clave

29/06/2024

El «retorno a Marx» observado en el pensamiento crítico reciente no se ha reflejado con la misma intensidad en el campo de la historia. Para muchos historiadores, especialmente los más jóvenes, Marx sigue siendo una figura poco explorada, mientras que para otros, es un legado olvidado o incluso marginado. A pesar de la actividad continua de historiadores marxistas, particularmente en el ámbito anglófono, la historiografía en general aún no ha superado la llamada «crisis del marxismo». Eric Hobsbawm, una figura central, señaló que los años posteriores al centenario de la muerte de Marx fueron los más sombríos para su legado. En Francia, la trayectoria del marxismo en la historiografía, según Thierry Aprile, pasó por un reconocimiento creciente desde los años 30, una hegemonía en las décadas de 1960 y 1970 (coincidiendo con el estructuralismo), y un posterior ocaso que culminó con su aparente desaparición en la década de 1980, simbolizada por los eventos de 1989. Este periodo post-1989 vio incluso cómo la simple referencia al marxismo podía ser motivo de descalificación.

Matt Perry distingue tres etapas principales en la historiografía marxista, identificándolas, aunque de forma algo simplificada, con diferentes «generaciones». Esta periodización nos permite trazar un mapa de los principales exponentes y las corrientes que emergieron bajo la influencia del pensamiento marxista.

¿Cuáles son los principales exponentes del marxismo?
En primer lugar, la de los fundadores, Karl Marx y Friedrich Engels, a los cuales se podría añadir una figura como Franz Mehring.
Índice de Contenido

Generaciones y Corrientes Fundamentales

La primera etapa corresponde a los fundadores del materialismo histórico. Aquí se encuentran, evidentemente, Karl Marx y Friedrich Engels, cuyas obras sentaron las bases teóricas para un análisis histórico centrado en las relaciones de producción, la lucha de clases y la evolución de los modos de producción. A ellos se puede añadir la figura de Franz Mehring, un destacado biógrafo de Marx y exponente temprano del marxismo aplicado a la historia.

Una segunda etapa intermedia, situada entre las dos guerras mundiales, estuvo marcada por teóricos marxistas cuya reflexión abordó la historia, como Georg Lukács, León Trotski, Antonio Gramsci y José Carlos Mariátegui, este último particularmente influyente en América Latina. Junto a ellos, surgieron historiadores que aplicaron el método marxista a sus investigaciones, incluyendo figuras como David Riazánov, Arthur Rosemberg, C.L.R. James, Karl A. Wittfogel y W.E.B. Du Bois. Este periodo sentó las bases para una aplicación más sistemática del marxismo en la investigación histórica.

La tercera etapa, que coincide con el periodo de la Guerra Fría (1947-1989), fue quizás la más prolífica y transformadora para la historiografía marxista. Durante estos años, surgieron diversas corrientes originales que lograron, en muchos casos, penetrar en el ámbito universitario y desafiar o transformar los paradigmas existentes. Esta fue una época de gran dinamismo y debate, donde el marxismo se abrió a diálogos con otras disciplinas y enfoques.

Diversidad de Escuelas en la Guerra Fría

En Francia, siguiendo la estela de figuras como Albert Mathiez y Georges Lefebvre (quienes, aunque no estrictamente marxistas, influyeron en su enfoque), investigadores como Albert Soboul, Claude Mazauric y Michel Vovelle desarrollaron una influyente historiografía marxista de la Revolución Francesa. Su enfoque, centrado en las clases populares y las bases sociales de la revolución, disputó la interpretación con la llamada Escuela Conservadora (representada por historiadores como Richard Cobb o François Furet) y logró una posición dominante durante un tiempo.

En el Reino Unido, la llamada «historia desde abajo» (history from below) fue particularmente relevante. Exponentes como Eric Hobsbawm, Christopher Hill, E.P. Thompson y Raphael Samuel revisitaron periodos clave de la historia británica, como la Revolución Inglesa y la Revolución Industrial. Su trabajo puso el foco en la experiencia de la clase obrera, su cultura y la complejidad del concepto de clase, y tuvo un impacto duradero en la forma de abordar la historia social. Paralelamente, los estudios culturales, con figuras como Stuart Hall y Raymond Williams, integraron la antropología en el análisis marxista para explorar imaginarios y culturas populares.

En Estados Unidos, teóricos del «sistema mundo» (world-system), como Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi, reinterpretaron la obra de Fernand Braudel desde una perspectiva marxista para construir una historia global del capitalismo. Su enfoque analizó el desarrollo histórico del sistema capitalista como una totalidad mundial, identificando ciclos de acumulación y cambios en la hegemonía.

La «nueva historia del trabajo» (new labor history) también surgió en Estados Unidos, reescribiendo la historia del movimiento obrero. Figuras como Herbert Gutman, Harry Braverman y, posteriormente, Mike Davis, se centraron en la experiencia del «obrero-masa» y las condiciones de trabajo, en contraste con enfoques anteriores que privilegiaban las ideologías o los partidos políticos.

En los países del socialismo real, aunque a menudo bajo la presión del dogma oficial, también hubo aportes significativos. La escuela de medievalistas y modernistas polacos, con Witold Kula y Jerzy Topolski, revitalizó la reflexión sobre la transición del feudalismo al capitalismo, un debate clásico en el marxismo que tuvo un resurgimiento importante en la década de 1980 con la «crisis de Brenner».

Finalmente, en la India, los estudios subalternos (subaltern studies), liderados por Ranajit Guha y Dipesh Chakrabarty, aplicaron y reinterpretaron conceptos gramscianos como subalternidad y hegemonía para reescribir la historia desde la perspectiva de los dominados, buscando ir más allá de las narrativas impuestas por las élites coloniales o nacionales. Esta corriente ha tenido un impacto global en los estudios poscoloniales.

Este periodo de la Guerra Fría vio un auge general de la historia social y cultural, en gran medida influenciado por un marxismo que, en muchos casos, buscaba ser abierto y antidogmático. La disciplina histórica en su conjunto se vio transformada por el diálogo y la confrontación con el marxismo. Incluso nuevas corrientes como la historia de las mujeres, la historia oral, la microhistoria o la historia de los intelectuales llevaron, en mayor o menor medida, las huellas de su influencia. Sin embargo, este ciclo profuso eventualmente se agotó, y aunque quedan representantes de esta etapa, su vínculo con el marxismo a menudo se ha atenuado.

El Retroceso del Marxismo en la Historiografía

La ruptura de la continuidad en la influencia del marxismo en la historiografía no se explica principalmente por la irrupción del posmodernismo o el «giro lingüístico». Aunque estos movimientos desafiaron las categorías interpretativas y obligaron a los historiadores a reflexionar sobre la naturaleza de su práctica, los marxistas reaccionaron y, en algunos casos, se enriquecieron del diálogo, como se observa en el poscolonialismo que buscó una síntesis entre el marxismo y la crítica posmoderna.

¿Qué es la teoría económica marxista?
El modelo económico esbozado por Marx señala a la producción como el eje central y el punto de arranque del proceso económico, al tiempo que desencadena una interdependencia recíproca o un condicionamiento mutuo con el resto de fases como el intercambio (circulación), la distribución y el consumo.

El retroceso se debe, fundamentalmente, a causas políticas. La hegemonía del marxismo en las décadas de 1960 y 1970 estuvo ligada al avance generalizado de las luchas sociales y políticas de la época, desde la Resistencia y la descolonización hasta las revoluciones en Asia y América Latina, que generaron una conexión entre intelectuales y movimientos de masas. La Revolución conservadora de la década de 1980 y el giro de 1989, con la caída del socialismo real, tuvieron un impacto brutal. Esta derrota histórica invirtió la tendencia y sus efectos se hicieron sentir profundamente en la historia, una disciplina intrínsecamente orientada al pasado.

En los años posteriores a 1989, la historiografía se renovó (con el auge de la historia cultural, de género, de la memoria) bajo el signo de la despolitización. La historia política, por su parte, a menudo regresó a paradigmas tradicionales, e incluso experimentó regresiones ideológicas, como se vio en los debates sobre la Revolución Francesa o el totalitarismo. Este retroceso del marxismo dejó un vacío que fue ocupado por una historiografía de tono conservador, transformando la disciplina de un espacio para la conciencia crítica del pasado en un vector de conformismo cultural. Se conmemoró la Revolución Francesa para enterrar el siglo de los comunismos, se analizó el totalitarismo para legitimar la democracia liberal como horizonte insuperable, la memoria se monumentalizó como virtud humanitaria, y el pasado nacional se patrimonializó con fines conservadores.

La caída del comunismo significó no solo el fin de un sistema político, sino también el fin de una época marcada por el «principio esperanza», una utopía emancipadora ligada a las luchas y revoluciones. El siglo XXI nació en un mundo privado de utopías, y el «presentismo», el régimen de historicidad dominante, es resultado de esta ruptura en la dialéctica de la historia, donde el futuro como «horizonte de expectativas» se vuelve difuso. Historiadores que se inscribían en la tradición marxista, que veían la interpretación del mundo ligada a su transformación y al proletariado como motor del cambio, sufrieron las consecuencias de esta derrota. La historia, desde esta perspectiva, era ineludiblemente una historia de las luchas de clases, adoptando siempre el punto de vista de los dominados, como postulaba Georg Lukács o Walter Benjamin.

La memoria de clase pareció desvanecerse con la fábrica fordista y los partidos obreros, siendo reemplazada en el espacio público por una memoria centrada en las víctimas (de la esclavitud, los genocidios), relegando al olvido a los actores de las luchas. La memoria de la Shoah ocupó el lugar de la memoria antifascista, y la compasión por las víctimas de catástrofes humanitarias eclipsó el recuerdo de las luchas anticoloniales. La tendencia a leer el siglo XX casi exclusivamente a través del prisma de los genocidios y los totalitarismos es un síntoma de esta regresión en la inteligibilidad del pasado.

La Cuestión de la Teleología

El marxismo, en sus años de mayor influencia, a menudo tuvo una vocación «totalizadora», aspirando a ser una «ciencia maestra» que integrara todas las ciencias humanas. Pierre Vilar sostenía que Marx no era un historiador en el sentido tradicional, pero pensaba históricamente, considerando el historicismo radical como la esencia misma del marxismo: «Pensar todo históricamente, eso es el marxismo». Sin embargo, esta concepción perdió fuerza cuando la síntesis entre interpretación y transformación del mundo, inherente al marxismo, pareció quebrarse.

Las diversas corrientes historiográficas marxistas posteriores a Marx se inscribieron en su pensamiento, privilegiando o radicalizando distintos aspectos de una teoría intrínsecamente abierta y atravesada por tensiones. Existe un Marx más teleológico y positivista, que ve el socialismo como un resultado casi ineluctable del progreso de las fuerzas productivas. Este es el Marx del célebre «Prólogo» de 1859, que fue canonizado por la historiografía positivista y transformado en escolástica en el socialismo real.

Pero existe otro Marx: dialéctico, antipositivista, crítico del eurocentrismo y el colonialismo, y partidario de la autoemancipación de los oprimidos. Este Marx, en sus cartas a los populistas rusos, advirtió contra la transformación de su análisis del origen del capitalismo europeo en una teoría universal y fatalmente impuesta a todos los pueblos. Es el Marx que analiza las revoluciones del siglo XIX y ve la historia no como una evolución ineluctable, sino como resultado de la acción humana en un complejo entramado de restricciones materiales y culturales: «Los hombres hacen su propia historia (...) pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias libremente elegidas, sino bajo circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado.»

La historiografía marxista a menudo osciló entre una visión del pasado como evolución ineluctable de formaciones sociales y una visión voluntarista centrada en la agencia. La primera, ligada a una tradición positivista hasta Louis Althusser, veía a los humanos como instrumentos inconscientes de la historia. La segunda, formulada de forma contundente por Trotski, reducía la crisis histórica a la ausencia de una dirección revolucionaria. A pesar de sus diferencias, la historiografía marxista no siempre logró librarse de una cierta teleología implícita, a menudo adoptando esquemas eurocéntricos para definir rupturas y periodizaciones. Los debates sobre la transición del feudalismo al capitalismo o las revoluciones modernas suponían una secuencia cuyo modelo era Europa y cuya finalidad implícita era el socialismo. Esta postura teórica reflejaba una cultura difusa en el movimiento socialista que creía representar el futuro.

El fracaso del socialismo real y el giro de 1989 cuestionaron esta teleología. La obra de Hobsbawm, desde sus primeros volúmenes sobre las revoluciones burguesas hasta el último que constata la derrota del comunismo, muestra esta transición. Giovanni Arrighi, con su obra «Adam Smith en Pekín», que ve el capitalismo y el mercado como culminación de la Revolución China, ejemplifica este cuestionamiento de la visión tradicional de la transición. Tras 1989, la teleología pareció abandonar el marxismo para instalarse en el discurso apologético del liberalismo, que veía el comunismo como un mero paréntesis en el avance ineluctable hacia la democracia liberal.

Sin embargo, los trabajos historiográficos más interesantes post-1989 han abandonado este enfoque teleológico. Se reconfiguran las fronteras cronológicas, las revoluciones burguesas ya no se ven como precursoras fatales de las proletarias, y los ciclos revolucionarios (como el atlántico o la ola de 1848) se inscriben en contextos globales donde Europa es un momento, no el epicentro. La historia se presenta como un laberinto, no como una línea recta hacia un fin predeterminado. El propio Marx ya reconocía esta complejidad al criticar la tendencia de las revoluciones a basarse en «reminiscencias» del pasado.

Hacia una Relación Crítica y la Memoria de los Vencidos

Establecer una relación de tensión crítica con el marxismo, escapando a los dilemas de la adhesión ciega o el rechazo total, parece ser la vía más fecunda hoy en día. No se trata de ver el marxismo como un arsenal conceptual autosuficiente o un dogma aplicable a cualquier realidad. Se trata de utilizar de forma productiva algunos de sus conceptos clave –como clase, lucha de clases, hegemonía, reificación, modo de producción, capitalismo o imperialismo–, evitando convertirlos en nociones comodín. Aunque la visión crítica de la historia esbozada por Marx sigue siendo un logro ineludible, la hermenéutica histórica transformada en doctrina resulta dudosa.

La postura de E.P. Thompson, quien se consideraba «posmarxista» al final de su vida, manteniendo una adhesión crítica, parece la más honesta. Thompson rechazaba la idea de que la historiografía marxista estuviera subordinada a un cuerpo general de teoría marxista externo a la historia misma. Para él, la tarea de la historia es «rescatar, ‘explicar’ y ‘comprender’ su objeto, la historia real», no ser una fábrica de teorías máximas o un laboratorio para aplicar teorías fabricadas en otro lugar.

¿Cuál es el contexto histórico de Karl Marx?
Contexto histórico Su pensamiento, conocido como marxismo, se desarrolló en el contexto de la Revolución Industrial y los cambios sociales y económicos que esta trajo consigo. La obra principal de Marx es «El Capital», donde desarrolla sus teorías sobre el capitalismo y la lucha de clases.

Liberada de la teleología y el determinismo, la historiografía inspirada en Marx tiene la tarea de descifrar el pasado como una totalidad abierta, moldeada por la acción humana en condiciones dadas. En este esfuerzo de contextualización y objetivación, el historiador construye un relato crítico sobre el pasado. Este enfoque se opone a la historia como discurso del poder, ya sea estatal o mediático, que tiende a reificar el pasado. En este sentido, necesitamos a Marx. Pero debemos desconfiar de los intentos de anexar la historia al marxismo, recordando cómo este último pudo ser esclavizado y transformado en ideología en el siglo XX.

Esta tensión crítica permite evitar los escollos de la apostasía estéril y la fidelidad ciega. Hubo críticos del marxismo (como Weber, Croce, Aron) que reconocieron la fecundidad de confrontarse con su pensamiento, y hubo «renegados» (como Borkenau, Furet) que pasaron de la adhesión total al rechazo total. Pero también hubo historiadores que se sirvieron del aporte de Marx sin identificarse estrictamente como «marxistas», como Pierre Vidal-Naquet (influenciado por Moses Finley), Arno J. Mayer, o Georges Duby, quien reconocía su inmensa deuda con el marxismo pero afirmaba no creer en la objetividad total ni en un factor determinante único en la evolución social. Esta convergencia de lecciones, como la de Lucien Febvre o la Escuela de los Annales (Fernand Braudel) con la de Marx, muestra la posibilidad de una relación fecunda.

Una relación particularmente fecunda con el pensamiento de Marx se desprende de los escritos de Walter Benjamin. Benjamin buscó en Marx no un esquema rígido, sino una sensibilidad, un estilo de pensamiento. Participa de un «marxismo melancólico» (Löwy y Bensaïd), abierto a otras tradiciones (como el mesianismo judío) y libre de ortodoxias. Derribó cánones de su época al ver la revolución no como la «locomotora de la historia» que lleva al progreso, sino como el «freno de emergencia» que detiene la carrera hacia la catástrofe. Benjamin introdujo en el marxismo la melancolía de las derrotas históricas y la rememoración de los vencidos. Este enfoque se percibe hoy en historiadores influenciados por Benjamin, como Carlo Ginzburg (microhistoria, voz de los humildes), Adolfo Gilly (campesinos zapatistas) o Ranajit Guha (la «pequeña voz» de los insurgentes indios).

Para Benjamin, la historia es ante todo una rememoración de los vencidos, cuyo recuerdo porta una «promesa de redención». Reinhart Koselleck, un historiador de conceptos, formuló una idea similar al señalar que, aunque la historia a corto plazo la hacen los vencedores, a largo plazo el conocimiento histórico proviene de los vencidos. Escribir historia crítica adoptando la perspectiva de los vencidos, tratando de escuchar sus voces subterráneas, es quizás la manera más fecunda de heredar la Tesis 11 sobre Feuerbach. Interpretar el mundo para transformarlo no significa convertirse en ideólogos, sino, para el historiador, no considerar el pasado como un continente clausurado. Las luchas presentes se nutren del recuerdo de los combates perdidos. El presente puede resonar con el pasado y reactivarlo, como Orfeo descendiendo al inframundo (Kracauer) o el «ropavejero» (Lumpensammler) que recoge objetos olvidados sabiendo que algún día servirán (Benjamin). Este mesianismo secularizado, que recupera la dimensión utópica y redentora, puede ser un remedio para los fracasos de un marxismo concebido meramente como ciencia.

Principales Exponentes Mencionados en el Texto

Basado en la información proporcionada, podemos identificar varios exponentes clave del marxismo y de la historiografía influenciada por el marxismo:

  • Fundadores: Karl Marx, Friedrich Engels, Franz Mehring.
  • Teóricos e Historiadores Intermedios: Georg Lukács, León Trotski, Antonio Gramsci, José Carlos Mariátegui, David Riazánov, Arthur Rosemberg, C.L.R. James, Karl A. Wittfogel, W.E.B. Du Bois.
  • Historiadores de la Guerra Fría (Diversas Escuelas): Albert Soboul, Claude Mazauric, Michel Vovelle (Revolución Francesa); Eric Hobsbawm, Christopher Hill, E.P. Thompson, Raphael Samuel (History from Below); Stuart Hall, Raymond Williams (Estudios Culturales); Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi (Sistema Mundo); Herbert Gutman, Harry Braverman, Mike Davis (Nueva Historia del Trabajo); Witold Kula, Jerzy Topolski (Transición Feudalismo-Capitalismo); Ranajit Guha, Dipesh Chakrabarty (Estudios Subalternos).
  • Otros Historiadores con Relación Crítica o Influencia: Pierre Vilar, Walter Benjamin, Carlo Ginzburg, Adolfo Gilly, Pierre Vidal-Naquet, Moses Finley, Arno J. Mayer, Georges Duby.
  • Filósofos Marxistas Regionales: Nikolái Bujarin, V.N. Sarabianov, F.V. Konstantinov, I.V. Kuznetsov, S.A. Ianoskaia (Soviéticos); José Carlos Mariátegui, Abimael Guzmán (Peruanos); Adolfo Sánchez Vázquez, Bolívar Echeverría, Enrique Dussel (Mexicanos).

Preguntas Frecuentes sobre el Marxismo y la Historiografía

¿Quiénes son considerados los fundadores del marxismo histórico?

Los fundadores principales son Karl Marx y Friedrich Engels. A ellos se suma Franz Mehring como una figura temprana importante en la aplicación del marxismo a la historia.

¿Por qué se dice que el marxismo ha experimentado una «crisis» en la historiografía?

La crisis se relaciona principalmente con causas políticas, como la derrota histórica del socialismo y la caída del bloque comunista a finales del siglo XX (simbolizada por 1989). Esto llevó a una despolitización de la disciplina y a un retroceso de los paradigmas marxistas, aunque no fue un efecto directo del posmodernismo, como a veces se argumenta.

¿Qué escuelas historiográficas estuvieron fuertemente influenciadas por el marxismo?

Varias escuelas importantes surgieron o se desarrollaron con una fuerte influencia marxista durante el siglo XX, especialmente durante la Guerra Fría. Entre ellas destacan la historiografía marxista de la Revolución Francesa, la «history from below» británica, los teóricos del «sistema mundo», la «nueva historia del trabajo» en Estados Unidos, la escuela polaca sobre la transición del feudalismo al capitalismo, y los estudios subalternos en la India.

¿Qué significa la teleología en el contexto del marxismo histórico?

La teleología en el marxismo histórico se refiere a la idea de que la historia sigue un curso predeterminado, a menudo visto como una secuencia ineluctable de formaciones sociales (feudalismo, capitalismo, socialismo) que culmina en el comunismo. Esta visión, asociada a veces a interpretaciones positivistas de Marx, ha sido objeto de crítica y ha disminuido su influencia tras el giro de 1989.

¿Cómo se puede abordar el estudio de la historia desde una perspectiva inspirada en Marx hoy en día?

Actualmente, se sugiere una relación de tensión crítica con el marxismo. Esto implica utilizar conceptos clave como clase, lucha de clases, modo de producción o capitalismo como herramientas analíticas para detectar relaciones y conflictos sociales, en lugar de aplicarlos como un dogma rígido. Un enfoque importante es escribir la historia desde la perspectiva de los dominados o humildes, rescatando las voces y experiencias que a menudo son ignoradas en las narrativas tradicionales.

¿Hubo historiadores influyentes que utilizaron ideas de Marx sin ser considerados estrictamente marxistas?

Sí, el texto menciona casos de historiadores como Pierre Vidal-Naquet, Moses Finley, Arno J. Mayer o Georges Duby, quienes reconocieron la importancia y la utilidad de ciertos aportes de Marx para su trabajo, incluso si no se alineaban completamente con el marxismo como sistema de pensamiento o doctrina.

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