20/02/2024
Las primeras décadas del siglo XX en Argentina no solo fueron testigo de profundos cambios sociopolíticos, sino también de una significativa transformación en la forma de abordar el estudio y la escritura de la historia. Este periodo marcó el inicio de un proceso de profesionalización de la disciplina, dando lugar a la emergencia de diversas voces y enfoques para elaborar los relatos del pasado. Entre las corrientes más destacadas surgieron la Nueva Escuela Histórica y los Positivistas, cada una con características y objetivos distintivos que reflejaban las inquietudes y el contexto de la época.
Para comprender cabalmente el surgimiento de estas corrientes, es fundamental situarlas en el contexto sociopolítico de la Argentina de la década de 1910. Este fue un período dominado por una oligarquía que concentraba el poder económico y el prestigio social, manteniendo un control político que Alain Rouquie describió como un sistema donde el grupo dominante era naturalmente el grupo dirigente. La preponderancia oligárquica se extendía al aparato estatal, que a su vez la reforzaba, haciendo que la riqueza y la posición social fueran requisitos para acceder a la "clase política".

Económicamente, Argentina se consolidaba como una potencia agroexportadora, especializada en materias primas como carnes y cereales. Esta inserción en el mercado capitalista internacional, impulsada por vastas extensiones de tierras fértiles y una masiva inmigración que proveía mano de obra, generó un notable desarrollo material y un marcado crecimiento urbano. La llegada de grandes masas de población extranjera no solo potenció la economía, sino que también diversificó la sociedad y dio lugar al fenómeno de las multitudes urbanas, un elemento central en el proceso de modernización nacional.
Sin embargo, hacia el Centenario de la Revolución de Mayo (1910), este modelo de desarrollo y el régimen político asociado comenzaron a mostrar sus limitaciones. Surgieron y se fortalecieron sectores medios y obreros urbanos que no encontraban espacio ni representación dentro del sistema político vigente. La imagen de Argentina como el "granero del mundo" contrastaba con una realidad de creciente desigualdad social. El régimen oligárquico intentaba conciliar los ideales de una "república abierta" con la práctica de una "república restrictiva", limitada a una minoría privilegiada.
Los sectores populares, organizados en gremios, no solo luchaban por mejores condiciones laborales, salarios y calidad de vida, sino que también cuestionaban el aparato electoral que perpetuaba el poder de la minoría. Las crecientes tensiones, manifestadas en revoluciones radicales, atentados anarquistas y el fortalecimiento del movimiento obrero, representaban una amenaza para la elite gobernante. Como respuesta a esta presión y al sistema de fraude electoral, se promulgó en 1912 la histórica Ley Sáenz Peña, que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio para los hombres argentinos mayores de 18 años, marcando un hito en la democratización del país, aunque aún con limitaciones.
El Surgimiento de la Nueva Escuela Histórica
La Nueva Escuela Histórica (NEH) comenzó a ser identificada como tal hacia 1916, en sintonía con un proceso de transformación de la disciplina histórica que se había gestado en Europa a lo largo del siglo XIX. Este cambio implicó que la historia dejara de ser una actividad intelectual libre para convertirse en una disciplina profesional, con una base institucional, controles académicos y patrones de legitimación ligados a las credenciales universitarias y la participación en circuitos profesionales. Esto permitió a la historia disputar reconocimiento, recursos estatales y prestigio social.
En Argentina, la constitución de una estructura administrativa dedicada a la historia fue más lenta. Las facultades de humanidades eran escasas y de creación reciente, los archivos no siempre recibían la atención prioritaria que merecían, y la expansión de la escuela media, aunque en crecimiento, aún no alcanzaba a una gran cantidad de alumnos. A pesar de estas limitaciones institucionales iniciales, la NEH logró consolidarse.
Los miembros de la NEH eran, en muchos aspectos, herederos de la interpretación histórica de Bartolomé Mitre, que postulaba la preexistencia de la nación argentina y veía a los caudillos como obstáculos para su destino. Sin embargo, la NEH se distinguió por ser un grupo de historiadores profesionales firmemente comprometidos con el método histórico. Su trabajo se centraba en la investigación de archivo, la publicación de fuentes inéditas y el cumplimiento riguroso de los preceptos de la disciplina, entendida como una ciencia basada en la compulsa de documentación oficial. Para ellos, el documento, especialmente el producido por el Estado, era el insumo indispensable para una tarea historiográfica verdaderamente científica.
Como señala Cattaruzza, el relato histórico que la NEH buscaba difundir encontraba soportes diversos: manuales escolares, retratos de próceres, símbolos patrios, liturgia patriótica y monumentos. De esta manera, la historia adquiría un lugar central en la acción estatal sobre la sociedad, contribuyendo a la construcción y consolidación de la identidad nacional. Una de las acciones más importantes impulsadas por la NEH fue la edición y multiplicación de series documentales, a través de iniciativas como la Comisión Nacional del Centenario, la Biblioteca Argentina de Libros Raros y Curiosos, y las Publicaciones Históricas de la Biblioteca del Congreso Argentino. Instituciones clave como el Instituto de Investigaciones Históricas, la Junta de Historia y Numismática (que se convertiría en la Academia Nacional de la Historia) y el Centro de Estudios Históricos Argentinos de la Universidad de La Plata fueron pilares de esta corriente.
La relación con el Estado fue fundamental para la NEH. Tanto los gobiernos radicales como los de la restauración conservadora organizaron comisiones sobre lugares históricos, símbolos patrios o revisión de textos, en las que los miembros de las instituciones historiográficas reconocidas encontraban un espacio, a menudo remunerado. Las asociaciones civiles también promovieron la erección de monumentos a los héroes nacionales, con participación activa de estos historiadores. Lo que estaba en juego era la obtención de recursos, la organización de sistemas de consagración, el control de acceso a puestos de trabajo y la autoridad científica.
El triunfo ideológico de la NEH se manifestó en la creación de una imagen del historiador profesional, basada en el acatamiento del método y la rigurosidad científica. Existía un consenso general entre los miembros más asentados y eruditos sobre los requisitos metodológicos de la historia científica y su "función social", que en los años treinta se entendía principalmente como el fortalecimiento de la conciencia nacional.
Sin embargo, esta profesionalización presentaba límites. La barrera técnica entre la práctica historiográfica "científica" y la amateur era débil. No existía un sistema robusto basado en credenciales educativas para controlar el acceso a los puestos. Según Cattaruzza, esta "profesionalización imperfecta" se sostenía más en mecanismos informales de reconocimiento entre pares y en la capacidad de establecer vínculos personales con el Estado. Además, la historiografía profesional de este período tendía a ser renuente a plantear nuevas preguntas o a ofrecer explicaciones de largo alcance.
A pesar de cierta "autoimagen" de unidad, la NEH no fue un grupo homogéneo ni cerrado. Un caso que evidencia esta heterogeneidad es el de Emilio Ravignani, cuya visión sobre los caudillos, aunque asentada en el rigor documental, incorporaba una revalorización del federalismo que marcaba diferencias con la interpretación clásica mitrista y la de otros miembros de la NEH. En esencia, coexistían un consenso metodológico y científico con diferencias ideológicas.
Las publicaciones de Ricardo Levene, uno de los máximos referentes de la NEH, ilustran sus características. En sus escritos se aprecia una estricta ligazón a lo político-institucional, una narración encadenada de sucesos, un relato lineal y una base metodológica en la precisión de datos y fechas. Es una historia centrada en los grandes hechos y personajes, como se ve en su análisis de Rosas o Artigas, donde la defensa de la integridad territorial y la reacción contra la intervención extranjera son ejes centrales.
Para comprender la aparición histórica de Rosas es necesario seguir su proceso formativo relacionándolo estrechamente con los sucesos de 1820. En esa etapa, Rosas representó la autoridad, la propiedad y el orden contra la anarquía. No representaba la campaña únicamente, como se ha dicho, sino la unidad de la ciudad y el campo, y en medio de la guerra civil entre ambas partes y de la guerra con los indios para la conquista del desierto, afirmó que los hijos de la Provincia deseaban verse regidos por un mismo gobierno (Levene, 1954).
Esta cita muestra el enfoque en el personaje histórico como representante de fuerzas políticas y sociales, anclado en eventos específicos y con una clara valoración del orden frente a la "anarquía".
los historiadores desempeñan una función social, además de la tarea científica que cumplen siguiendo la estrella polar de la verdad (…). Ese fin educativo se realiza (…) haciendo conocer los grandes hechos y los grandes hombres, y a amar esa incorpórea deidad, la imagen encendida de la patria… (Levene, 1946).
Este fragmento evidencia el compromiso explícito de la NEH con la función educativa y patriótica de la historia, orientada a formar ciudadanos que amen a la patria a través del conocimiento de sus "grandes hechos y grandes hombres".
La Perspectiva de los Positivistas
Paralelamente al surgimiento de la NEH, aunque con un pico de desarrollo anterior (entre 1880 y 1910), existió el movimiento positivista argentino. A diferencia de la NEH, los Positivistas no eran principalmente historiadores profesionales. Eran un grupo heterogéneo de intelectuales: médicos, abogados, sociólogos, entre otros, con una fuerte voluntad de sistematicidad y profesionalismo, como se destaca en figuras como José María Ramos Mejía y José Ingenieros.
Su mirada sobre el pasado era distinta. La explicación de los fenómenos históricos no la buscaban en el Estado o las instituciones, sino en la sociedad. Hacia 1910, su principal preocupación era el fenómeno de la inmigración y los elementos que consideraban "políticamente peligrosos" dentro de ella, como el activismo anarquista y socialista; en suma, la "cuestión social".
Este grupo de intelectuales estaba muy vinculado con las elites políticas y muchos ocupaban cargos estatales. Su objetivo era explicar la crisis social que percibían. Sus escritos se caracterizaban por un fuerte eclecticismo, recurriendo a conceptos y métodos de diversas ciencias como la criminología, la sociología, la economía y la psicología para obtener sus explicaciones.
José María Ramos Mejía, médico y miembro de una familia tradicional, introdujo conceptos novedosos tomados de la Psicología de las masas en su obra "Las multitudes argentinas". En ella, se apartaba de la historia de batallas y héroes para enfocarse en las "fuerzas ciegas que discurren en las entrañas de la sociedad". Esta preocupación por las multitudes urbanas reflejaba la inquietud de los sectores dirigentes ante su aparición y la pregunta recurrente: "¿Qué hacer con las masas?". Estas masas, en el contexto argentino, estaban intrínsecamente ligadas al mundo de los trabajadores y la inmigración. El positivismo ofrecía una respuesta al buscar conocer este fenómeno para evitar que afectara la gobernabilidad y el papel rector de la minoría dirigente. Términos como "masa" y "multitud" eran usados para describir un conjunto indiferenciado, confuso e irracional de personas.
Otro intelectual positivista relevante fue Lucas Ayarragaray, médico y político. Su análisis también permite comprender las concepciones del grupo. En su obra, describe a los sectores populares como elementos anónimos, carentes de personalidad e inteligencia, con aspiraciones limitadas a garantías rudimentarias, casi policiales. Veía a estas masas obnubiladas bajo la figura de un líder absoluto, buscando las causas del caudillismo en estas dinámicas sociales y juzgándolo unilateralmente. El título de su obra, "Estudio psicológico de los orígenes nacionales hasta el año xxix", explicita el enfoque disciplinar utilizado.
Pero los trastornos cada día más profundos, concluyeron por suscitar un sentimiento difuso de conservación, arraigado principalmente en la clase laboriosa, la cual, con el refinamiento de las costumbres y los recursos acumulados, aspiraba a gozar el fruto de sus afanes. Es cierto que esas aspiraciones eran reducidas; ellas no reclamaban libertades políticas dignas de una democracia, sino garantías rudimentarias, casi policiales, que ampararan sus intereses y sus vidas. Y cuando sustentado por ese espíritu de estabilidad surge un caudillo, que impone las embrionarias garantías reclamadas, ellas no alcanzan sino a los banderizos y enriquecidos pelucones, que asienten a su poder omnímodo sustentándolo con el acatamiento de su silencio. Ese corto sentimiento político y utilitario, natural por otra parte, en un país desgarrado por la anarquía, dio base para la consolidación del régimen de los gobiernos fuertes y del absolutismo de los caudillos (Ayarragaray, 1904).
Esta cita de Ayarragaray ilustra la visión positivista que busca explicar el caudillismo no solo desde lo político, sino desde una perspectiva psicológica y sociológica de las masas y sus limitadas aspiraciones, asociando la "anarquía" a un estado social que propicia líderes absolutos.
Es interesante notar cómo tanto Ayarragaray como Levene, desde perspectivas diferentes, utilizan el concepto de "anarquía" para referirse al proceso iniciado en 1820 en Argentina, mostrando cómo un mismo término podía ser interpretado a través de distintos lentes ideológicos y metodológicos.
El análisis de la obra de Ramos Mejía también comprueba que la historia, para los positivistas, se escribía desde las inquietudes del presente. Él creía que la falta de sentido republicano y nacional en la elite podía explicarse rastreando sus orígenes. Sorprendentemente, llegó a considerar que, ante el comportamiento "degradado" de las clases elevadas, las masas habían mostrado actitudes más cívicas y patrióticas, ya que las elites coloniales habían aspirado solo a un liberalismo egoísta. Terán argumenta que en los escritos de la época aparece una obsesión por marcar los límites dentro del mundo de los extranjeros: entre los que asumían una función laboriosa y patriótica, y aquellos percibidos como una "fauna degenerada o peligrosa" dentro de la confusión de las multitudes urbanas. Esto revela el temor de la elite ante los "efectos no queridos" de la modernización que ellos mismos habían impulsado, especialmente el ascenso social de los inmigrantes.
Un caso algo diferente dentro del positivismo fue José Ingenieros. Proveniente de la inmigración, sin linaje ni riqueza, se configuró como uno de los primeros intelectuales modernos que legitimaba su actividad y obtenía su sustento del ámbito puramente intelectual. Ingenieros buscaba presentarse como un investigador "objetivo", encuadrando sus textos en un programa de conocimiento científico de la sociedad, alejado de la subjetividad. Se construyó la imagen del "sabio científico", no un escritor inspirado, sino alguien que practicaba una disciplina continua y buscaba un sistema de ideas coherente.
La historicidad del pensamiento de Ingenieros se ve en su intervención en el debate iberoamericano sobre las causas del retraso de la región frente al ascenso de Estados Unidos. En su artículo "La formación de una raza argentina", aplicó su visión sociológica positivista para abordar esta cuestión. A diferencia de otros intelectuales criollos, para Ingenieros, la nación no residía en el pasado, sino en el porvenir. Creía que de la mezcla producida por la inmigración surgiría en el futuro una nueva "raza" que definiría el tipo argentino, proyectando la identidad nacional hacia el futuro en lugar de buscarla en un origen preexistente.
Comparativa: NEH vs. Positivistas
| Características | Nueva Escuela Histórica | Positivistas |
|---|---|---|
| Quiénes eran | Historiadores profesionales | Intelectuales (médicos, sociólogos, etc.), no principalmente historiadores |
| Enfoque principal | Estado, política, instituciones, derecho | Sociedad, multitudes, inmigración, cuestión social |
| Método | Riguroso método histórico, basado en archivo y crítica documental (fuentes oficiales) | Eclecticismo con otras ciencias (sociología, psicología, criminología) |
| Visión del Caudillismo | Principalmente como obstáculo para la organización nacional (visión heredada del mitrismo) | Resultado de fuerzas sociales y psicológicas de las masas |
| Visión de la Nación | Existencia previa, anclada en el pasado y sus héroes | Proyecto a futuro, basado en la mezcla inmigratoria |
| Relación con el Estado | Estrecha, búsqueda de reconocimiento e inserción en el aparato estatal | Muchos miembros ocupaban cargos estatales, buscaban explicar la crisis social para la elite gobernante |
Preguntas Frecuentes sobre estas Corrientes Historiográficas
¿Qué caracterizó a la Nueva Escuela Histórica?
Se caracterizó por ser el primer grupo de historiadores profesionales en Argentina, con un fuerte énfasis en el rigor metodológico, el trabajo de archivo y la crítica documental, especialmente de fuentes oficiales. Su enfoque principal era la historia político-institucional y jurídica, y veían la historia como una herramienta para fortalecer la conciencia nacional.
¿Quiénes eran los Positivistas y cuál era su interés?
Los Positivistas eran un grupo de intelectuales de diversas disciplinas (médicos, abogados, sociólogos) que aplicaron enfoques científicos a la comprensión de la realidad argentina. Su interés se centraba en la sociedad, la inmigración y la "cuestión social", buscando explicar fenómenos como el caudillismo o el comportamiento de las multitudes urbanas.
¿Cómo se diferenciaban sus métodos?
La NEH se basaba en el método histórico tradicional, centrado en la investigación documental de archivos. Los Positivistas, en cambio, recurrían a un eclecticismo metodológico, utilizando herramientas conceptuales y analíticas de otras ciencias como la psicología, la sociología o la criminología para interpretar los fenómenos sociales e históricos.
¿Cuál era el rol social del historiador para la NEH?
Para la NEH, el historiador tenía una importante función social y educativa: a través de la investigación científica del pasado, debía dar a conocer los "grandes hechos y grandes hombres" para fomentar el amor a la patria y fortalecer la conciencia nacional.
¿Qué significó la profesionalización de la historia en este período?
Significó el paso de la historia de ser una actividad intelectual libre a convertirse en una disciplina con base institucional (universidades, academias), métodos estandarizados, y la búsqueda de legitimación académica y reconocimiento estatal. Aunque en Argentina fue una profesionalización con limitaciones iniciales, sentó las bases para el desarrollo futuro de la historiografía.
Conclusión
El período que se inicia con el Centenario en Argentina fue crucial para la disciplina histórica. Marcó el inicio de su profesionalización, impulsada por la convicción de que la aplicación de un método riguroso, la búsqueda de objetividad y la formación en instituciones especializadas le conferían un estatuto científico. En este contexto, surgieron la Nueva Escuela Histórica y los Positivistas, dos corrientes con visiones y enfoques distintos, pero que contribuyeron a legitimar la práctica historiográfica.
Mientras la NEH, compuesta por historiadores profesionales, se concentró en el Estado, las instituciones y el documento como fuente principal, con una clara función de construcción nacional, los Positivistas, intelectuales de formación diversa, dirigieron su mirada hacia la sociedad, las multitudes y la "cuestión social", buscando explicaciones en un eclecticismo científico. Ambos grupos, a pesar de sus diferencias ideológicas y metodológicas, buscaron la inserción en el ámbito académico e institucional y, en mayor o menor medida, el reconocimiento estatal, consolidando así el camino hacia una historiografía argentina más estructurada y consciente de su rol científico y social en un país en plena transformación.
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