30/06/2022
La Guerra de Malvinas, desatada en 1982, no solo se libró en las frías islas del Atlántico Sur, sino que también invadió cada rincón de la vida cotidiana en Argentina, incluyendo las escuelas. Durante los 74 días que duró el conflicto, las aulas se transformaron en escenarios de una intensa campaña patriótica, impulsada por un gobierno militar que buscaba legitimarse y acallar las crecientes voces de descontento.

En aquel contexto de miedos y silencios impuestos por seis agobiantes años de dictadura, la noticia del desembarco en Malvinas generó reacciones encontradas. Para algunos, representaba una gesta nacional; para otros, una maniobra desesperada del régimen. Esta dualidad se reflejó directamente en el ámbito educativo, donde maestros y alumnos debieron navegar entre la imposición oficial y sus propias percepciones y temores.
- El Patriotismo Impuesto en las Aulas
- Simulacros y Miedos Cotidianos
- Colectas y Entramados Solidarios
- Docentes en la Encrucijada: Entre la Obediencia y la Conciencia
- El Impacto en los Niños
- La Agonía de la Dictadura y el Fin de la Guerra
- El Después: Silencio, Testimonios y Legado
- Preguntas Frecuentes sobre Malvinas y la Escuela
El Patriotismo Impuesto en las Aulas
La dictadura militar, con el general Galtieri al frente, utilizó la causa Malvinas para intentar generar un sentimiento de unidad nacional y desviar la atención de los crímenes y la crisis interna. Las escuelas se convirtieron en un vehículo fundamental para esta estrategia de propaganda y adoctrinamiento.
Magdalena Canevari, maestra en Hurlingham en 1982, recuerda vívidamente el “nivel de patriotismo militar” que se vivía en la escuela, algo que le generaba profundo malestar. La imposición venía directamente desde el Ministerio de Educación y un organismo específico de la época, el Consejo Nacional de Educación, a través de lo que las docentes llamaban la “bajada de línea”.
Esta directiva oficial incluía una serie de acciones obligatorias. Una de las más recordadas fue el aprendizaje y canto de la Marcha de Malvinas. Esta marcha, compuesta en 1940 con el objetivo de difundir la soberanía argentina sobre las islas, fue rescatada y transformada en la banda sonora oficial del fervor patriótico durante la guerra. Se cantaba con fervor, a menudo acompañada por el golpe rítmico de los zapatos en el suelo a la salida de la escuela, como relata Magdalena.
La currícula escolar también se adaptó para alentar la guerra. En clases de historia y lengua, se promovían producciones literarias como poesía, cartas y narrativa dedicadas a los soldados y la causa de Malvinas. Lidia Lloret, maestra en Versalles, enfrentó el dilema de tener que seguir estas directivas a pesar de su posicionamiento político contrario al gobierno militar y a la guerra, que consideraba absurda. Debía manejar las inquietudes de los chicos, muchos de los cuales venían con relatos de apoyo a la guerra desde sus casas, y evitar conflictos con los padres.
Simulacros y Miedos Cotidianos
La guerra, con la amenaza latente de ataques, también llevó a la implementación de medidas de seguridad inusuales en las escuelas. Magdalena Canevari recuerda que durante los 74 días del conflicto se realizaban prácticas para desalojar la escuela. Se ensayaban simulacros de bombardeos: al sonar el timbre, los alumnos debían meterse debajo de las mesas y permanecer en silencio. Estas prácticas, impensables en tiempos de paz, reflejaban la tensión y el miedo que se vivía, incluso lejos del frente de batalla.
Colectas y Entramados Solidarios
Otro aspecto central de la vida escolar durante la guerra fueron las colectas y las iniciativas solidarias hacia los soldados. Las escuelas se convirtieron en sedes para la recolección de donaciones. Se pedían abrigos, gorros, medias, chocolates, golosinas y, muy especialmente, cartas de los niños para los combatientes. Esta movilización solidaria, aunque genuina en muchos casos, también formaba parte de la estrategia oficial para generar adhesión a la causa.
Decenas de bolsas con donaciones se organizaban metódicamente en las salas de actos de las escuelas, muchas veces por el mismo cuerpo docente. Sin embargo, como revelaron años después los testimonios de los ex combatientes, gran parte de estas donaciones y cartas nunca llegaron a destino, quedando acumuladas en galpones o, peor aún, siendo desviadas.
Alicia Affato, maestra en Rosario, cuestionaba la hipocresía de estas colectas por parte de un gobierno que nunca había ayudado a los niños pobres de la escuela, incluyendo muchos niños tobas que no eran admitidos en otros lugares. Denunciaba que las colectas estaban instaladas por los medios y que “donar” se presentaba como algo intrínsecamente “bien”, sin cuestionar el contexto ni el destino real de lo donado.

A pesar de las dudas y oposiciones de algunas maestras, la presión para participar era fuerte. Lidia Lloret decidió no participar directamente de las colectas, que eran organizadas por padres y otras maestras, aunque presenció cómo se organizaban las bolsas en el salón de actos.
Elena Rigatuso, maestra de primer grado en La Plata, sí participó activamente. Con sus alumnos, además de sumarse a las colectas, escribió una carta para los soldados. La suerte quiso que, dos años después, recibieran una respuesta de uno de los ex combatientes, Aldo Raúl Torres, agradeciendo la carta. Este caso, sin embargo, fue una excepción, ya que la mayoría de las cartas y donaciones no llegaron a quienes estaban en el frente, sino que quedaron retenidas o desviadas.
Docentes en la Encrucijada: Entre la Obediencia y la Conciencia
La posición de los docentes durante la guerra fue particularmente compleja. Eran los encargados de transmitir a los niños los eventos que estaban sucediendo, actuando casi como “historiadores” en tiempo real, como señala Lidia Lloret. Pero debían hacerlo bajo las directivas del gobierno militar, sin poder expresar libremente sus propias opiniones.
Existía una división entre quienes se sumaban a la algarabía colectiva, comparando la situación con una competencia futbolística, y quienes, como Alicia Affato, sabían desde el principio que la guerra era una jugada cruel de la dictadura. Alicia, que militaba en el Partido Comunista, denunciaba abiertamente la maniobra del régimen, enfrentándose a quienes consideraban sus ideas “extranjerizantes” por no alinearse con el discurso oficial de “acto patriótico”. Argumentaba que las tropas no estaban preparadas y que nada vinculado a la dictadura tenía que ver con la verdadera patria.
Las maestras debían manejar las inquietudes de los chicos, que a menudo reflejaban las posturas de sus padres. Era una tarea ardua, que implicaba contener emocionalmente a los alumnos, especialmente a los varones, que podían estar entusiasmados con la idea de la guerra, mientras se mantenía una postura oficial.
María Cristina Zambruno, maestra de primer grado en la escuela Carrasco, describe la dualidad que sentía: por un lado, la esperanza de que las Malvinas volvieran a ser argentinas, y por otro, la bronca hacia los “milicos”. A pesar de la “bajada de línea” del Ministerio, su directora no se las imponía rígidamente. Recuerda que se cantaba mucho el himno de Malvinas, pero que después del hundimiento del crucero General Belgrano, sus dudas y las de otros docentes comenzaron a crecer.
El Impacto en los Niños
Los niños, especialmente los más pequeños, vivieron la guerra a través de lo que veían en los medios, lo que escuchaban en casa y lo que se les enseñaba en la escuela. Hacían dibujos y cartitas para los soldados, con la inocente creencia de que llegarían a ellos. Como relata María Cristina Zambruno, los chicos de primer grado hacían estos gestos solidarios, sin saber que, en la mayoría de los casos, serían en vano.
Elena Rigatuso recuerda a una alumna, nieta del escritor Conrado Nale Roxlo, que escribía poesía sobre los “pobres soldaditos” que daban su vida por la patria. Los demás chicos, en gran medida, repetían lo que escuchaban en sus hogares. La escuela se convertía así en un espacio donde se manifestaban las diferentes visiones de la sociedad sobre el conflicto.
La Agonía de la Dictadura y el Fin de la Guerra
La Guerra de Malvinas se produjo en un momento de profunda crisis para la dictadura militar. Pocos días antes del desembarco, el 30 de marzo de 1982, una huelga general y una masiva movilización en Plaza de Mayo al grito de “Pan, Paz y Trabajo” habían demostrado el agotamiento y el rechazo al régimen. Maria Inés Balbi, directora de una escuela en Villa Celina, recuerda esa jornada de represión y detenciones, seguida apenas tres días después por la noticia del desembarco.

La guerra, aunque perdida militarmente, tuvo una consecuencia política decisiva: precipitó la caída de la dictadura militar que había comenzado en 1976. Como señala Elena Rigatuso, aunque la guerra fue un fracaso militar y costó vidas, significó el fin del régimen, lo cual “no es poca cosa”.
El Después: Silencio, Testimonios y Legado
Tras la rendición del 14 de junio de 1982, los soldados sobrevivientes fueron obligados al silencio. Muchos sufrieron graves consecuencias físicas y psicológicas, y recién a partir de 1986 comenzaron a emerger sus relatos. Las escuelas se convirtieron, años después, en uno de los pocos escenarios donde los ex combatientes pudieron romper ese silencio y contar su verdad.
Margarita Papalardo, preceptora en La Plata en aquel entonces, recuerda la conmoción al escuchar a un ex combatiente decir en una charla en el aula que los habían “obligado a no decir nada”. Esta experiencia de escuchar los relatos en primera persona, que contradecían la versión oficial y mediática, generó una mezcla de sentimientos: conmoción, horror y bronca por haber “acompañado esos silencios” y “acostumbrado a no hablar”.
Graciela Monje, maestra de primer y segundo grado en Ciudad Evita, recuerda la rigidez del sistema educativo durante la dictadura, con secuencias de palabras obligatorias para enseñar a leer que no podían alterarse. Contrasta esto con la pedagogía de Emilia Ferreiro que empezó a aparecer en el 82, que proponía trabajar con el contexto y las necesidades de existencia de los niños.
Años después, Graciela conoció la historia de un ex combatiente que, al regresar, no pudo acceder a un subsidio estatal por haber perdido documentación crucial. Su historia, como muchas otras, ilustra las dificultades y la falta de reconocimiento que enfrentaron los veteranos.
Cuarenta años después de la guerra, la historia de Malvinas sigue siendo revisada y recordada. Los actos escolares, las leyes reparatorias y la existencia de ex combatientes organizados buscan mantener viva la memoria y el reclamo de soberanía. Sin embargo, persiste la pregunta sobre si ha habido un reconocimiento justo para quienes combatieron y sufrieron, si las “gruesas capas de silencio” se han aliviado por completo. Algunos, como Elena Rigatuso, sostienen que esa memoria y ese reclamo deberían estar más presentes, vinculados también a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia que se conmemora cada 24 de marzo.
Preguntas Frecuentes sobre Malvinas y la Escuela
A menudo surgen preguntas sobre quiénes fueron los combatientes o cuál es la situación actual de los veteranos. Basándonos en los relatos de la época y sus consecuencias:
¿Quiénes fueron los combatientes de Malvinas?
Según los testimonios recogidos, los combatientes fueron principalmente cientos de jóvenes argentinos que estaban cumpliendo con el Servicio Militar Obligatorio en ese momento. Eran, en muchos casos, muchachos muy jóvenes, sin experiencia de combate real, enviados a un conflicto para el cual no estaban preparados.
¿Cuál es el sueldo de un ex combatiente de Malvinas en 2025?
El texto proporcionado describe que, tras la guerra, se establecieron subsidios para los ex combatientes. Sin embargo, no ofrece información específica sobre montos de subsidios o salarios actuales (ni para 2025), ni detalla cómo se gestionan o si son suficientes. El relato menciona las dificultades que algunos veteranos tuvieron para acceder a estos beneficios.
La experiencia de las escuelas durante la Guerra de Malvinas es un reflejo de un país atravesado por un conflicto bélico y una dictadura militar. Un período donde el patriotismo se imponía desde arriba, pero donde, en las aulas, también se manifestaban el miedo, la solidaridad infantil, las dudas de los docentes y, con el tiempo, la cruda verdad revelada por los protagonistas.
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