La Escuela Moderna: Propósito y Formación

02/10/2017

La escuela moderna, tal como la conocemos, no surgió de la nada. Su historia está profundamente entrelazada con el proyecto de la modernidad y la necesidad de configurar un nuevo tipo de individuo y ciudadano. Este análisis se adentra en el propósito fundamental de la escuela en la era moderna, explorando su genealogía y su papel en la formación cívica y moral de las sociedades, con un enfoque particular en el contexto mexicano del siglo XIX.

¿Qué busca la escuela moderna?
Así pues, la tarea de la escuela moderna tendrá como fin básico estructurar nuevas subjetividades, desde las formas personales de comportamiento en sociedad hasta la identidad política y social del ciudadano.

El estudio de la historia del currículum, vinculado a una epistemología social del conocimiento, nos permite comprender cómo lo que se enseñaba en las aulas no era solo la transmisión de saberes (como gramática, ciencias o matemáticas), sino también la inculcación de sensibilidades, conciencias y formas de vida. La escuela se convirtió en un agente clave de socialización, donde se interiorizaban discursos y prácticas de vida esenciales para la construcción del sujeto civilizado y el ciudadano moderno.

Índice de Contenido

La Genealogía de la Escuela Moderna y la Educación Cívica y Moral

La escuela, como institución de y para la modernidad, emerge desde el siglo XIX como un espacio crucial donde se entrecruzan la constitución histórica de la ciudadanía y los modos de subjetividad. A diferencia de las instituciones educativas previas, la escuela moderna se impuso a menudo frente a otras formas de formación.

Sus orígenes están ligados a la progresiva definición de la infancia como una etapa específica, la influencia de la pastoral cristiana del siglo XVI en la organización de rutinas y prácticas pedagógicas (contribuyendo a un proceso de subjetivación), la consolidación de los conceptos de clase y currículum en los siglos XVII y XVIII (organizando la enseñanza por conocimientos definidos, métodos progresivos y proyectando la escuela como institución disciplinaria), y el desarrollo del Estado absolutista.

El Estado absolutista, al establecer una diferencia entre el "ciudadano" (sujeto a la ley para la paz social) y el "hombre" (libre en conciencia si no interfiere con el deber público), preparó el terreno para que la escuela moderna integrara ambas conductas: la gobernación del Estado (razón, ejercicio crítico) y la perfección personal (control de sí mismo). El gran propósito de los sistemas escolares decimonónicos y vigesimónicos fue fomentar los saberes para que los individuos se comportaran como seres "dueños de sí mismos", racionales, en las esferas pública y privada. Esto implicó la administración social de la libertad individual ("gobierno del alma") y el ejercicio administrado de la libertad en la esfera pública (participación política).

El currículum, visto como una tecnología disciplinaria, no solo orientaba cómo el individuo debía actuar, sentir, hablar y "ver" el mundo, sino también cómo debía verse "a sí mismo". En este contexto, la escuela fortaleció tanto la disciplina interior (coacciones internas) como las obligaciones para con la sociedad y el Estado (coacciones sociales o exteriores). La tarea básica de la escuela moderna fue estructurar nuevas subjetividades, desde el comportamiento personal hasta la identidad política. Por ello, la educación moral y la educación cívica se confundieron con la tarea misma de la institución.

Manuales de urbanidad y catecismos políticos se convirtieron en herramientas clave. Si bien los manuales de urbanidad existían antes, en los siglos XIX y XX se insertaron en el ámbito escolar para "civilizar" a grupos ajenos a esas prácticas, buscando que los escolares internalizaran coacciones sociales. Los catecismos políticos, tras la Revolución francesa, complementaron esta labor, buscando la lealtad al Estado liberal y difundiendo preceptos morales y códigos participativos.

El Contexto Sociopolítico en México: De la Colonia a la República

En México, el nacimiento de la escuela moderna y la educación cívica y moral se rastrea en el ocaso de la época colonial y las primeras décadas del siglo XIX. La "sociedad política" y el Estado naciente buscaron establecer un nuevo imaginario social, utilizando la escuela como agente principal para estructurar nuevas identidades individuales y colectivas.

Desde el último tercio del siglo XVIII, la Corona española intentó centralizar el poder y legitimar la autoridad, promoviendo desde el púlpito un modelo de vasallo sumiso a la Iglesia y al poder civil. Se enfatizó la importancia de los mandamientos, que implicaban virtudes como amar, honrar y obedecer. Las políticas públicas coloniales buscaron crear "cuerpos ordenados, limpios, dóciles, obedientes", una tarea que los ilustrados y el Estado asignaron a la escuela pública. Este impulso fue más evidente desde finales del siglo XVIII, influenciado por crisis internas y la Revolución francesa.

El desarrollo de la imprenta contribuyó a un proceso de secularización y politización. Entre 1790 y 1824, la red escolar y la alfabetización en Nueva España propiciaron un cambio o hibridación de mentalidad, dando lugar a una república "barroca", católica y tradicional. Al mismo tiempo, la participación ciudadana inicial se dio en la elección de ayuntamientos constitucionales (1812-1814, y especialmente 1820-1824), donde los pueblos encontraron nuevas formas corporativas para defender sus intereses. Sin embargo, las oligarquías regionales pactaron para mantener el poder, a pesar de que se alentaba la participación política de las masas y la formación de la opinión pública.

La escuela se concibió como un referente para difundir el liberalismo (aunque con conflictos), afirmar el catolicismo y extender formas civilizadas de convivencia. Su tarea era formar "hombres, ciudadanos y cristianos", siguiendo la Constitución de Cádiz (1812) que ordenaba enseñar lectura, escritura, cálculo, catecismo de la Iglesia y obligaciones civiles. La Constitución de 1824 profundizó la escolarización y alfabetización, impulsando una ciudadanía casi universal (sufragio masculino), aunque el poder real seguía concentrado.

En las aulas, la formación cívica, moral y de urbanidad coexistió. Sin embargo, a partir de 1833, las reformas buscaron fortalecer la educación cívica, eliminando temporalmente la moral/urbanidad del currículum. Estas reformas generaron oposición, llevando a una alianza de oligarquías contra un posible ascenso de las "clases peligrosas" a través del voto. La idea de una "nación cívica" fue desplazada hacia la de una "nación civilizada" (desde 1835), implicando la exclusión de elementos "no adaptados". Las leyes de 1835 y 1836 establecieron requisitos de renta para ser ciudadano o acceder a cargos, limitando el sufragio. Se promovió una democracia tutelada por los "hombres de bien", donde la educación moral (de las costumbres) se volvió más crucial que la cívica para controlar a la plebe y asegurar la obediencia.

Discursos y Prácticas en el Aula Moderna Temprana

Las prácticas escolares en el ocaso de la Nueva España y los primeros años del México independiente reflejaban esta búsqueda de orden y control. En las escuelas gratuitas, los niños pobres aprendían en silencio, a menudo en espacios divididos, bajo la vigilancia de auxiliares o curadores. La disciplina era estricta, con castigos corporales y controles continuos. La corrección no solo sancionaba, sino que se integraba al aprendizaje, creando una "microeconomía de premios y ejercicios" que diferenciaba a los alumnos por conducta y aptitudes, reforzada por el examen como procedimiento "objetivo".

Predominaba una "coerción ininterrumpida" que reticulaba tiempo, espacio y movimientos, buscando formar cuerpos dóciles y obedientes a Dios, padres, superiores y leyes. El poder disciplinario buscaba formar "hombres de bien y leales vasallos".

Métodos pedagógicos como el de los padres escolapios y, especialmente, el lancasteriano o de enseñanza mutua, influyeron notablemente. El método lancasteriano, introducido antes de la independencia, permitía a un solo maestro dirigir grandes grupos (hasta 500 alumnos) con ayuda de monitores (alumnos aventajados). El salón de clases era un espacio amplio con bancas alineadas, mesas de arena para principiantes y semicírculos para lectura. El eje central era el orden, la disciplina, la emulación y el esfuerzo individual, apoyados en premios y castigos. Las actividades estaban cronometradas, infundiendo amor al trabajo, espíritu de orden, economía, previsión y "obediencia rápida y ciega a las normas sin que mediase explicación racional alguna".

¿Qué busca la escuela moderna?
Así pues, la tarea de la escuela moderna tendrá como fin básico estructurar nuevas subjetividades, desde las formas personales de comportamiento en sociedad hasta la identidad política y social del ciudadano.

Al asignar lugares individuales, la escuela permitía el control de cada alumno y el trabajo simultáneo, garantizando el acatamiento de relaciones de poder necesarias para el Estado moderno y preparando la futura fuerza de trabajo. Se buscaba el equilibrio entre la libertad republicana (ideal romano) y la disciplina militar.

Mientras se exaltaban las virtudes cívicas, los métodos pedagógicos y los contenidos curriculares reforzaban la práctica de la obediencia, vinculada al control de las emociones. Los manuales de urbanidad y los ritos escolares buscaban modificar la conducta, imbricando el orden jerárquico y la relación saber-poder. Una plana de escritura de la época lo ilustra: "Al que más sabe es a quien por razón y por naturaleza le pertenece el mando. El que no sabe sólo debe servir y obedecer..."

Los textos escolares enfatizaban que el hombre educado "manda a su cuerpo, arregla sus movimientos, detiene los ímpetus de su cólera, modifica sus pasiones". Se consideraban vicios la arrogancia o la "locura impertinente". Se instruía al niño a mostrar "en la postura de sus vestidos, pies, manos, ojos y todos sus movimientos, el respeto, sumisión, obediencia y buena crianza". Se buscaba un ser refinado, pulido. La obediencia a los padres se extendía a todos los mayores, pues su autoridad venía "del mismo Dios". Textos como el de Félix Mendarte o el Catecismo histórico de Claude Fleury reiteraban la obediencia a padres, mayores, esposos/esposas, amos/criados, obispos, sacerdotes, el Rey y sus ministros. La obediencia era un discurso y una práctica omnipresentes.

Los Contenidos Escolares: Entre la Moral y la Ciudadanía

A pesar del fuerte énfasis en la moral y la obediencia heredado del periodo colonial, las primeras décadas del México independiente incorporaron nuevos contenidos, especialmente a partir de 1820 y durante la Primera República. Se introdujeron la enseñanza de las constituciones particulares de cada estado y los catecismos políticos.

Estos catecismos políticos buscaban familiarizar a los alumnos con los fundamentos del nuevo orden. Podían aprender sobre la Constitución, las leyes, el concepto de ciudadanía y cómo adquirirla, los diferentes tipos de gobierno, la composición y funciones de los poderes del Estado. Un ejemplo es el Catecismo político, arreglado a la Constitución de la Monarquía Española (usado en la etapa final de la colonia e inicios de la independencia), que explicaba las Cortes, el rey, el consejo de Estado, tribunales, gobierno interior, etc.

Con la independencia, surgieron textos adaptados como el Catecismo de República, donde el aprendiz de ciudadano conocía el carácter soberano, libre e independiente de la nación mexicana, los derechos de los pueblos, la división de poderes, la diferencia entre leyes (políticas, civiles, criminales), la existencia de la libertad natural, civil y política, y el significado de la ciudadanía. Se enumeraban los derechos individuales de los ciudadanos (libertad, propiedad, seguridad, igualdad), pero también se enfatizaban sus deberes: ser religiosos, "hombres de bien", respetuosos de las leyes y autoridades, y observantes de las virtudes civiles derivadas de las religiosas.

Las constituciones estatales también se usaban, enseñando sobre la soberanía, la intolerancia religiosa (solo la católica), y los derechos individuales y políticos de los ciudadanos, con definiciones puntuales en estados como Chiapas, Guanajuato, Michoacán, San Luis Potosí, Sonora y Sinaloa.

Los catecismos políticos ponían énfasis en los derechos civiles: libertad, igualdad, seguridad y propiedad. Sin embargo, la interpretación de la libertad y la igualdad estaba cuidadosamente delimitada. El Catecismo político, arreglado a la Constitución, definía la libertad no como hacer "cuanto se le antoje", sino como hacer lo que no perjudique a otro y no esté prohibido por las leyes. La igualdad se definía como que "la ley sea la misma para todos".

El Catecismo político mexicano era aún más explícito al definir la igualdad: "En que las leyes premian o castigan indistintamente ciertas acciones sin consideración a la persona que las ejecuta... Ésta es la idea verdadera de igualdad... mas ella misma destruiría la sociedad si se le diese la extensión ilimitada, que equivocadamente pretenden algunos. Porque la sociedad no existe sin orden, y no puede haberlo sin que haya un gobierno a quien todos respeten y obedezcan." Esto revela la preocupación por contener los ideales de igualdad dentro de los límites que aseguraran el orden social y la obediencia a la autoridad.

¿Qué Buscaba Realmente la Escuela Moderna?

En retrospectiva, a partir del análisis de su genealogía, el contexto sociopolítico y sus prácticas internas, podemos afirmar que la escuela moderna buscaba primordialmente configurar un sujeto civilizado y un ciudadano moderno. Este propósito no era meramente la transmisión de conocimientos académicos, sino un proyecto integral de socialización y disciplinamiento.

La escuela se erigió como una institución clave para el Estado moderno, encargada de inculcar la disciplina interior (autocontrol, gobierno del alma) y exterior (obediencia a las normas sociales y estatales). A través de métodos pedagógicos rigurosos, castigos, vigilancia constante y la organización del espacio y el tiempo, se buscaba moldear cuerpos dóciles y hábitos ordenados, preparando a los individuos para el trabajo en la fábrica o el cuartel, y para la participación (controlada) en la esfera pública.

La educación moral, anclada a menudo en preceptos religiosos y manuales de urbanidad, enseñaba el respeto a la jerarquía y la importancia de la obediencia como virtud fundamental. La educación cívica, por su parte, presentaba los principios del Estado liberal, los derechos y deberes del ciudadano. Sin embargo, como muestran los catecismos políticos, la interpretación de conceptos como la libertad y la igualdad estaba limitada para asegurar el orden social y evitar cualquier amenaza al poder establecido, especialmente ante el temor a las "clases peligrosas".

En el contexto mexicano, la escuela fue un vehículo para construir una identidad nacional vinculada al catolicismo y a formas tradicionales, al tiempo que se promovían ideales liberales, aunque filtrados por la necesidad de mantener el control oligárquico. La evolución hacia la idea de una "nación civilizada" implicó la posibilidad de exclusión para aquellos que no se ajustaran al modelo deseado.

En esencia, la escuela moderna, en sus orígenes y desarrollo temprano, fue una poderosa herramienta de ingeniería social, diseñada para producir individuos que no solo supieran leer y escribir, sino que fueran fundamentalmente obedientes, disciplinados y funcionales al proyecto de un Estado y una sociedad en proceso de modernización, donde el orden y la estabilidad a menudo prevalecían sobre la plena realización de los ideales democráticos.

Preguntas Frecuentes sobre el Propósito de la Escuela Moderna

¿Cuál fue el principal objetivo de la escuela moderna en sus orígenes?
Según el texto, el objetivo fundamental fue configurar un sujeto civilizado y un ciudadano moderno, alineado con el proyecto de la modernidad y las necesidades del Estado.
¿En qué se diferenciaba la escuela moderna de las instituciones educativas anteriores?
Era una institución intrínsecamente ligada a la modernidad. Se basó en la constitución progresiva de la infancia, la influencia de la pastoral cristiana, la definición de clase y currículum, y el desarrollo del Estado absolutista. No compartía elementos fundamentales con las formas de enseñanza previas a la modernidad.
¿Qué papel jugó la disciplina en la escuela moderna temprana?
Fue un elemento central. A través de métodos rigurosos, control del cuerpo, vigilancia constante y la organización del espacio/tiempo, la disciplina buscaba formar cuerpos dóciles, hábitos ordenados y fomentar la obediencia.
¿Por qué eran tan importantes la educación cívica y moral?
Estas educaciones no eran asignaturas secundarias, sino que se confundían con la tarea misma de la escuela. Eran fundamentales para estructurar nuevas subjetividades, enseñar el autocontrol, las obligaciones sociales y estatales, y los códigos de comportamiento y participación (limitada) necesarios para la sociedad moderna.
¿Cómo se presentaban los derechos individuales, como la libertad y la igualdad, en los libros escolares?
Aunque se mencionaban, especialmente en los catecismos políticos, se definían de forma limitada. La libertad no era hacer "cuanto se le antoje", sino lo permitido por la ley. La igualdad era que la ley fuera la misma para todos, pero se advertía contra una "extensión ilimitada" que pudiera destruir el orden social y la obediencia al gobierno.
¿Qué métodos pedagógicos influyeron en la escuela mexicana del siglo XIX?
Principalmente el método de los padres escolapios y, sobre todo, el método lancasteriano o de enseñanza mutua. Ambos enfatizaban el orden, la disciplina, la vigilancia y la obediencia.
¿Cuál fue el rol de los manuales de urbanidad y los catecismos políticos?
Fueron herramientas clave para la socialización y el control. Los manuales de urbanidad buscaban "civilizar" y modificar conductas para ajustarlas a un código moral y jerárquico. Los catecismos políticos, además de enseñar los principios del Estado liberal, buscaban asegurar la lealtad al Estado y promover deberes ciudadanos basados en virtudes (a menudo religiosas), siempre enfatizando la obediencia a la autoridad.
¿Cómo influyó el contexto sociopolítico mexicano en el propósito de la escuela?
La escuela fue vista por el Estado naciente como un agente clave para construir una identidad nacional y un nuevo imaginario social. Hubo una tensión entre promover ideales liberales (ciudadanía, derechos) y la necesidad de mantener el orden social y el poder de las élites, lo que llevó a un énfasis en la moral y la obediencia, e incluso a definir la ciudadanía de forma restrictiva (basada en renta) y a una visión de "nación civilizada" que podía ser excluyente.

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